Año Nuevo en el “Fin del mundo”

Todo fin revela un nuevo comienzo, es parte inevitable de su esencia. Así como la noche da paso al día y un año da lugar a otro, el fin de una etapa abre la puerta de otra que empieza. Ahí estaba yo, viviendo mi tan esperado Año Nuevo en el “Fin del mundo”. Era algo que anhelaba y la única parte de mi viaje sobre la que no había reflexionado con anterioridad. Lo había dejado fluir y esa había sido la mejor decisión que pude haber tomado.

Comencé el 2018 en el hostel Cruz del Sur con un grupo variopinto: personas de distintas nacionalidades que hablaban diferentes idiomas y tenían intereses diversos. Sin embargo, todos poseíamos algo en común: habíamos llegados solos al “Fin del mundo” y elegido ese lugar y ese grupo para despedir un año y recibir otro.

Se hicieron las doce y brindamos juntos por los días venideros y las nuevas aventuras. Más tarde, me reuní con los cuatros israelíes que había conocido el día anterior y, aunque para su cultura no era Año Nuevo, celebramos habernos cruzado en ese rincón del planeta.

Amaneció soleado y, por primera vez en una semana, el clima no quiso cambiar cada 20 minutos. Mientras desayunaba con Alejandra y Tomás, respondí algunos mensajes y resolví no engancharme con las personas que se quejan y no aportan.

Para aprovechar el sol, Alejandra me propuso tomar mates en el patio. Salimos y al rato se nos unieron Gianluiggi, Tomás y otro huésped que estaba en mi misma habitación. La mañana y las primeras horas de la tarde transcurrieron entre mates y charlas, juegos con Kren, siestas al sol y más mates. Un día de descanso y buena compañía eran una buena combinación para comenzar el año.

Bajé hasta la costa con la intención de ir a Playa Larga. Tomé un colectivo de la línea A y descendí en la parada que me indicó el chofer pero, en lugar de llegar a la playa, caminé por la ruta que bordea el Canal Beagle. Necesitaba pensar.

De vuelta en el hostel, conocí a Roy y Yaniv, dos israelíes con quienes compartía habitación, y les hice probar su primer mate, obviamente amargo. Es extraño ver tomar mate a los extranjeros, más si se trata de su primera vez. Presos de una fuerte tentación, no pueden evitar mover la bombilla, como buscando el secreto de esa bebida que tanto nos apasiona a los argentinos. Luego, toman un sorbo pequeño de prueba y, si les gusta, un segundo. Finalmente, lo devuelven casi lleno.

Después de explicarles que la bombilla se deja quieta y el mate se termina, quise saber qué los traía hasta el “Fin del mundo”. Como otros tantos israelíes, habían llegado para comenzar su recorrido por América Latina. Roy y Yaniv también se interesaron mi viaje y el hecho de que lo hiciera sola. La tarde se llenó de preguntas, que en general comenzaban con “How do you said…?”. Entre risas y repeticiones, me enseñaron a decir hoy, mañana, ayer, yo soy, gracias, por favor y de nada en hebreo.

Esa noche también conocí a “la tía”, una mujer que vivió 6 meses en el hostel como mensual y luego se mudó a Ushuaia. “Siempre que tenemos un rato libre venimos para acá”, dijo refiriéndose a sí misma y a quienes, como ella, habían pasado a formar parte de la familia de Cruz del Sur.

Fin del mundo. Principio de todo”, Ushuaia parecía ser la ciudad que muchos elegían para empezar de cero.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

Comartir
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *