Colonia del Sacramento

Los motores se encendieron y un hombre soltó las amarras. El capitán realizó las maniobras que conocía casi de memoria y el barco se alejó del muelle. Unos minutos antes de las 7, la embarcación salió del Puerto de Buenos Aires y se abrió paso entre las aguas del Río de la Plata. A medida que la velocidad aumentaba, las olas ganaban altura y ya no sólo besaban el casco, sino que también acariciaban las ventanas.

Tardamos una hora en cruzar el “gran río color león”, como lo definió el escritor argentino Leopoldo Lugones. El sol brillaba en lo alto cuando una voz anónima anunció desde los altoparlantes la llegada a destino: Colonia del Sacramento se alzaba en la costa uruguaya, a unos 50 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires.

La entrada a la ciudad estaba delimitada por un molinete emplazada frente a la terminal, cuya función era más bien estética. Tras cruzar esa suerte de pórtico, el camino continuaba hasta el  Centro de Bienvenida, Interpretación y Turismo del Uruguay. Más adelante, atravesaba la antigua Estación Colonia, inaugurada el 1 de abril de 1901 con la llegada del primer tren procedente de Montevideo.

Cuando las vías del ferrocarril quedaron atrás, una red de calles adoquinadas me condujo hasta el Portón de Campo, la entrada oficial al casco histórico de Colonia del Sacramento, declarado  Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1995. Emplazada frente a la Plaza 1811, la puerta conservaba restos de la antigua muralla y los cañones que sirvieron para defender la ciudad. El puente levadizo había sido reemplazado por una pasarela de madera y el único indicio de su existencia eran unas gruesas cadenas que pendían de la estructura de piedra.

A sólo una cuadra se situaba la Plaza Mayor del 25 de Mayo, creada en la fundación de Colonia del Sacramento. Alrededor se ubicaban diversos puntos turísticos de la ciudad, como la Calle de los Suspiros, el Museo Portugués, la Casa de Nacarello, el Museo Municipal, la Casa del Virrey y el Archivo Regional. 

La ciudad despertaba con el arribo de los primeros turistas. Los comerciantes abrían las puertas y barrían las veredas de sus locales, preparándose para iniciar la jornada. Pero el trabajo intenso comenzaría después del mediodía, con la llegada de los barcos más grandes.  Aún era temprano y la plaza estaba vacía, a excepción de un perro callejero excedido de peso.

Tras recorrer las Ruinas de la Casa del Gobernador, visité la Basílica del Santísimo Sacramento. El exterior del templo presentaba un claro estilo colonial, con paredes blancas, puerta doble de madera y farolas amarillas. Sin embargo, nada era original. La iglesia había sido reconstruida sobre los planos del arquitecto español Tomás Toribio, entre 1808 y 1810.

Luego de un breve paso por el hotel, tomé un colectivo hasta la vieja Estación Real San Carlos. Los vagones de madera se habían convertido en restaurante y la estación en museo. A sólo unos metros se alzaban los restos de la Plaza de Toros Real de San Carlos. El tiempo y la falta de mantenimiento habían corrompido su estructura, que corría peligro de derrumbe.

En el barrio histórico, la arquitectura y la cultura se mezclaban con puertas antiguas y azulejos blancos con inscripciones y detalles azules, como las 3 mil piezas que se exhibían en el museo ubicado en Misiones de los Tapes 104. Los autos antiguos eran otro atractivo de la ciudad.

Visité las Ruinas de Convento de San Francisco y subí al faro de Colonia, desde donde obtuve una panorámica de la ciudad a 360 grados. Más tarde, caminé hasta la Calle de los Suspiros, donde el tiempo parecía haberse detenido en la época colonial. Paredes macizas, puertas estrechas, tejas hechas a mano y aldabas antiguas se sucedían en una calle de lajas sin veredas.

Al final de la tarde, visité el Bastión del Carmen y el Puerto de Yates. El viento agitaba las aguas del Río de la Plata y hacía que las embarcaciones se mecieran en un vaivén constante, sin importar su envergadura.

La mañana siguiente amaneció nublado. El cielo plomizo presagiaba una tormenta que no lograba comenzar y se quedaba en pequeños chaparrones. Antes de tomar el barco de regreso a Buenos Aires, volví a la Calle de los Suspiros. Crucé el umbral de algunos locales, recorrí el interior de las construcciones y exploré jardines secretos, inimaginables desde fuera.

Colonia del Sacramento era una ciudad donde la historia cobraba vida en cada esquina. Quizás el secreto de su atractivo residía en esa combinación única de calles angosta, de lajas o adoquines; farolas amarillas; coches antiguos; azulejos blancos con inscripciones azules; y árboles que crecían junto a las puertas y ventanas de construcciones entradas en años.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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