De El Chaltén a Esquel

El 7 de enero el micro salió del Hostel Rancho Grande a las 19:30 en dirección a la terminal de ómnibus de El Chaltén, ubicada en la entrada del pueblo. El trayecto sólo demandó unos minutos. El grueso de los pasajeros esperaba al borde de una de las plataformas, bajo un techo de chapa que los reparaba de la lluvia. En su mayoría, se trataba de jóvenes israelíes de entre 21 y 24 años que iniciaban su viaje por América Latina.

Media hora después, el micro tomó la Ruta Provincial (RP) 23 y bordeó el Lago Viedma, hasta empalmar con la Ruta Nacional (RN) 40. Su destino era la localidad de Los Antiguos, emplazada en el extremo noroeste de Santa Cruz, a 683 kilómetros de distancia.

El joven que iba a mi lado se colocó unos auriculares y se sumergió en su música, mientras yo repasaba las últimas fotos que había tomado el día anterior. Al rato, la chica sentada a mi derecha, del otro lado del pasillo, me comentó que le gustaba la fotografía y que también tenía una cámara. Era una joven de contextura pequeña, tez clara y cabello negro azabache, que hablaba inglés a la perfección, como todos los israelíes con los que había conversado hasta entonces. Hicimos comentarios sobre nuestros viajes e intercambiamos un breve resumen de nuestras vidas, que sólo contemplaba dos temáticas: edad y profesión.

A las dos de haber salido del pueblo, el colectivo se detuvo en la estación de servicio de Tres Lagos. Allí, los choferes retiraron las viandas que luego nos repartirían para la cena.

Al rato, la muchacha israelí sacó un paquete de galletitas de chocolate y crema que repartió entre sus compañeros. “Do you want?”, me ofreció. “No, thanks”, le respondí. Más tarde, repitió la ronda entre sus amigos y esa vez no me dio opción. Tomó una galletita y me la dio. “Thanks”, le dije y me sonrió satisfecha.

Durante la madrugada, me desperté de a ratos. No había más que noche cerrada del otro lado del cristal de la ventanilla.

El micro llegó a la terminal de Los Antiguos a las 6:30 del 8 de enero. Bajamos del coche de dos pisos, tomamos nuestro equipaje y, quienes continuábamos viaje, pasamos a otro de un solo nivel. Esa vez, mi compañero fue Sam, un israelí de 27 años.

El micro avanzó por la costa del Lago Buenos Aires. Luego, dejó atrás la localidad de Perito Moreno y cruzó a Chubut. A un kilómetro de Gobernador Costa, el paisaje empezó a transformarse. A ambos lados de la ruta, la estepa comenzó a darle lugar a tierra fértil y campos verdes.

Cuando faltaban dos horas para llegar a Esquel, el micro paró en una estación de servicio y volvimos a bajar. “Rusia 2018” fue la clave que volvió a vincularnos con el mundo online, porque en la ruta no había señal de ningún tipo. Media hora más tarde, regresamos a nuestros asientos.

Después de las 15, me despedí de Sam y bajé del micro, junto a otros cinco pasajeros. Estábamos en la rotonda de Esquel. Mientras uno de los choferes nos entregaba el equipaje, llegaron dos remises para llevarnos al centro. Nos repartimos en los autos y el micro siguió por la RN 40 rumbo a Bariloche, mientras nosotros tomábamos la RN 259 hacia la terminal de Esquel. Como la oficina de informes estaba cerrada, salí a la Avenida Alvear y caminé siete cuadras hasta el próximo centro para pedir un mapa y algunas referencias.

Luego, tomé un colectivo de línea a Trevelin, donde me esperaba el hijo del amigo de un amigo para llevarme al Parque Nacional Los Alerces.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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