De Ushuaia a El Chaltén

Sentada frente al remolcador Saint Christopher, observé la costa del Canal Beagle. Saqué mi libreta y comencé a escribir. Ahora que tenía que irme, la llovizna ya no me parecía incómoda y, si bien me encantaban los días de sol, me gustaba ese clima que cambiaba cada 20 minutos y volvía a repartir las cartas. 

En Ushuaia experimenté mucho más de lo que en algún momento llegué a pensar. Había iniciado este viaje para descender hasta el “Fin del mundo”, tomar impulso y volver a subir, con la intención de cerrar una etapa y empezar a escribir otra. En el camino, la ciudad me conquistó con la calidez de su gente y la belleza salvaje de sus paisajes.

Me desafié a subir montañas después de un año de sedentarismo y trabajo de oficina; apagué el teléfono y me conecté con lo que deseaba; compartí días eternos con personas provenientes de distintos rincones del mundo; practiqué nuevos idiomas e indagué en otras culturas; y, sobre todo, me hice preguntas, muchas y de todo tipo.

En los últimos días había vuelvo a experimentar la sensación de “estar en casa” y, para mi asombro, descubrí que era algo que añoraba. ¿La encontraría durante el resto del viaje? ¿La seguiría sintiendo en Buenos Aires? ¿Qué sucedería si la perdía? De una cosa estaba segura, no quería que desapareciera.

Volví a Cruz del Sur a buscar la mochila que había dejado esa mañana debajo de las escaleras, después de desocupar mi habitación.  Me despedí de Marcelo, hasta mi próxima visita, y tomé un taxi al aeropuerto. Tras una hora de vuelo, llegué a El Calafate, donde tomé una combi a El Chaltén.

Mientras el vehículo avanzaba en dirección al Fitz Roy, que se mantuvo oculto tras las nubes, la tarde comenzó a dar paso a la noche. Era la segunda vez que viajaba hacia la Capital Nacional del Trekking y, si bien la ruta era la misma, el paisaje no podía ser más dispar. Había hecho ese mismo trayecto casi dos años atrás pero bajo un cielo despejado y con un sol radiante.

Tres horas después, llegué a Rancho Grande“Te estábamos esperando”, me dijo Ariel a modo de bienvenida.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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