El Calafate, tierra de glaciares

Partí del Aeroparque Metropolitano Jorge Newbery el 28 de febrero a las 5:35 con destino a El Calafate. Aún era de noche cuando el avión despegó del suelo para sumergirse en el firmamento. Bajo nuestros pies, la Ciudad de Buenos Aires, radiante por la cantidad de luces que a esa hora resultaban innecesarias, comenzaba a despertar.

Una línea anaranjada se dibujó en el horizonte, sobre el Río de La Plata, para anunciar la presencia del sol, que no tardó en entrar en escena. Pronto, la noche dio paso al día y la distancia entre las ciudades se volvió cada vez mayor. Luego de 3 horas y 20 minutos, llegué al Aeropuerto Internacional Cte. Armando Tola de El Calafate. Durante el aterrizaje, vi el zigzagueante trazado del Río Santa Cruz recortarse contra el suelo árido de la estepa patagónica.

Retiré mi valija y, antes de salir, contraté el traslado a la ciudad. El trayecto fue una especie de city tour a cargo del chofer, que se encargó de señalar los puntos de interés y recomendar bares y restaurantes para cenar. Dejé el equipaje en la recepción del hotel, porque mi habitación aún no estaba lista, y salí. Caminé por la Avenida Costanera Néstor Kirchner y bordeé la Bahía Redonda hasta llegar a la entrada de la Reserva Laguna Nimez, ubicada en la zona “baja” de El Calafate.

Reserva ecológica

Luego de atravesar la tranquera de entrada, el personal del centro de informes me asesoró sobre el recorrido.  El sendero me condujo por distintos miradores para contemplar la fauna y flora autóctona, y me llevó hasta la costa del Lago Argentino. 

Con una superficie de 35 hectáreas, la Reserva Laguna Nimez cuenta con una avifauna que le valió el reconocimiento de “Área Importante para la Conservación de Aves”, otorgado por Birdlife International. Allí viven y nidifican unas cien especies de aves, mientras que otras utilizan el espacio como zona de recalada en sus migraciones. Entre la amplia variedad de especies se destacan el chorlito ceniciento, la gallineta chica y el famoso flamenco austral.

Los terrenos correspondientes a la actual Reserva pertenecieron a Don Ruso Nimez, uno de los primeros habitantes de la zona. Tras su muerte, las tierras pasaron a manos de la Municipalidad que en 1986 creó la  Reserva Florística y Faunística Laguna Nimez con los objetivos de conservar el patrimonio natural y fomentar la investigación, la educación y el ecoturismo. Con el tiempo, el lugar se deterioró debido a la falta de mantenimiento, por lo que se perdió parte de la cobertura vegetal.

En 2001 la Municipalidad de El Calafate y la Universidad Nacional de la Patagonia Austral (UNPA) acordaron que la casa de estudios sería la encargada de administrar la Reserva, tarea que desempeña hasta el día de hoy y comparte con diversas instituciones, como el Club de Observadores de Aves de El Calafate y la Asociación de Guías de Turismo de Santa Cruz, entre otras.

Después de casi dos horas de caminata, llegué a final de la senda y continué hacia la Avenida San Martín, que reúne gran parte de la vida comercial de El Calafate.

Naturaleza y aventura

A la tarde, partí rumbo a  Cerro Frías, ubicado a 23 kilómetros del centro. El transfer dejó atrás la Ruta Provincial N° 11 y se internó en el corazón de la Estancia Alice. Nuestro chofer, Tomás, nos condujo al interior del Centro de Visitantes y Restaurante de Campo, un salón amplio y cálido con fabulosas vistas del Valle del Centinela. Allí nos recibió Anne, con una sonrisa afectuosa y un acento alemán que delataba su origen europeo. Luego de la cordial bienvenida, la joven nos dividió en grupos según la actividad a realizar -4×4, trekking, cabalgata o tirolesa-  y nos pidió que dejásemos en el salón las pertenencias que no utilizaríamos durante el paseo.

Libres del peso extra, seguimos a Anne y a nuestro guía, Brian, hasta las caballerizas. Uno por uno, nos asignaron los caballos que debíamos montar. Eran criaturas nobles, mansas y de buen porte. Cuando todos estuvimos listos, comenzamos el ascenso a través de los senderos con Brian a la cabeza. Avanzamos en fila, a un ritmo tranquilo que nos permitía apreciar la belleza del paisaje.

Los sonidos de la naturaleza sólo eran interrumpiros por los cascos de los caballos que aplastaban la tierra a su paso. Divisé el Hotel EOLO en la ladera este del Cerro y, recién a esa altura, comencé a sentir el viento en el rostro. Era una sensación agradable, refrescante, una caricia que me llenaba de energía.

Los caballos ascendían, mientras liebres y guanacos nos observaban distantes. Las primeras se escabullían con rapidez; los segundos nos vigilaban con prudencia. Al norte, divisamos la superficie del Lago Argentino. Su color lechoso, casi surrealista, parecía sacado de una de las obras de Salvador Dalí.

Gracias a la ausencia de nubes y a la proximidad de la frontera con Chile, pudimos contemplar Torres de Paine en el país vecino. Hicimos una pequeña parada fotográfica para retratar esa magnífica obra de la naturaleza a la lejanía. Retomamos la marcha y atravesamos un pequeño bosque de lengas, hasta alcanzar la otra ladera del cerro para iniciar el descenso. Allí, las liebres y los guanacos fueron reemplazados por vacas, que se encargaron de dejar en claro que no querían ser molestadas en su descanso.

De regreso en las caballerizas, nos despedimos de los  caballos y volvimos al Centro de Visitantes. “¿Cómo les fue?”, nos preguntó Anne. La sonrisa en nuestros rostros hablaba por sí sola. ¡Fueron dos horas fabulosas! A modo de cierre, merendamos con la vista perdida en la inmensidad del valle y las montañas que se alzaban detrás. Al final de la tarde, regresamos a la ciudad.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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