El Chaltén, paraíso de montaña

La cima del Fitz Roy se encendió con los primeros rayos de sol. El cerro, reconocido a nivel mundial por los amantes del trekking y el montañismo, parecía echar humo por la punta, a causa de las nubes que rodeaban su silueta. La imagen duró unos minutos y, luego, se desvaneció. Cuando regresé a la habitación, el fuego ya se había apagado.

En el comedor, Cristina ultimaba los detalles del desayuno. Había una larga mesa con jugo exprimido, café, leche, yogurt, cereales, huevos revueltos, fiambres, medialunas, muffins con glasé de limón, budín de banana y muchas otras delicias. Me senté cerca del ventanal para tener una mejor la vista. Cristina me acercó una canasta con pan caliente, manteca y queso untable. Antes de partir hacia Laguna de los Tres, me dio indicaciones. Hizo especial hincapié en que cargara agua en el puente que cruza el Río Blanco, pues no encontraría otra fuente hasta llegar al final del sendero.

“Laguna de los Tres. 9 km”, indicaba un letrero clavado en un arco de troncos. Crucé el portal y tomé la senda. Durante un buen rato, el rumor del agua fue una compañía constante, hasta que el camino se sumergió en las profundidades del bosque de lengas y ñires. El sonar de la caudalosa afluente fue reemplazado por el aullido del viento patagónico, que se escabullía entre los árboles. En lo alto, las copas se mecían, a un lado y al otro, en una danza más antigua que el propio bosque. Allí, un mal movimiento podía implicar una caída definitiva.

Un arco y un molinete de madera indicaban la entrada al Parque Nacional Los Glaciares (PNLG). A unos 20 minutos de allí, divisé el Glaciar Piedras Blancas y, luego, alcancé el mirador. A la distancia, observé la masa de hielo colgante.

Cuando el bosque terminó, salí a un claro y, por primera vez en esa mañana, me crucé con otros viajeros. Se trataba de una pareja que iba en la dirección opuesta a la mía. Al rato, volví a estar rodeadas de árboles .  Todos, tanto los vencidos como los que permanecían erguidos, estaban recubiertos por un musgo verdoso, conocido como “barba de viejo”, que sólo se forma donde el aire es puto, según afirman los locales.

En el Campamento Poincenot encontré un abanico de carpas multicolores, cuyos dueños provenían de diversas partes del mundo. Los recién llegados ajustaban sus tiendas, mientras otros guardaban sus bolsas de dormir y se cargaban la mochila al hombro para volver al pueblo o ir a otro campamento.

Crucé el Río Blanco y, siguiendo el consejo de Cristina, cargué agua. Como todavía era temprano, subíamos pocos y bajaban aún menos. El último kilómetro resultó ser el más empinado. No había lugar para detenerse, pero la vista era más bella a cada paso. Incluso, llegaba a verse el Lago Viedma. Una hora y varios saludos después, llegué a la Laguna de los Tres. La figura del Fitz Roy se reflejaba en las aguas color esmeralda. De cerca, el cerro era aún más imponente. Parecía que bastaba con estirar la mano para descubrir las particularidades de su superficie.

Me desvié a la derecha para visitar el mirador de la Laguna Sucia y el Glaciar Sucio. Luego, inicié el descenso. A esa hora eran muchos más los que subían. “¿Falta mucho?”, me preguntaron en más de una oportunidad. Los animé a seguir y les dije que lo que encontrarían arriba bien valía el esfuerzo.

Tomé el sendero en dirección al centro y, en el camino, me desvié hacia Laguna Capri. Con el Río de las Vueltas a mi izquierda, llegué al final de la senda. Recorrí las avenidas principales y pasé por la terminal para reservar la combi de regreso. De camino al camping, compré cerezas de Los Antiguos a una familia que había instalado un puesto móvil sobre la Avenida San Martín. Los frutos no sólo eran más grandes, sino también mucho más dulces y jugosos que los que se venden en las verdulerías de Buenos Aires.

Esa tarde conocí a Charlotte y Tomás, los otros dos miembros del equipo de Patagonia Eco Domes. Constantemente me preguntaban si estaba a gusto, si necesitaba algo, qué senderos había recorrido y cuáles eran mis planes para los próximos días. Por mi parte, indagaba en sus historias y en los motivos que los habían llevado hasta allí.

La cena de Tomás no tuvo nada que envidiarle a la de Federico. Esa vez, opté por la “bruschetta” con tomates secos hidratados y jamón crudo, la trucha con verduras grilladas y el flan casero con dulce de leche. 

Por segunda noche consecutiva, arrojé un leño al fuego y me dormí con el crepitar de las llamas. Afuera, el viento corría entre los árboles.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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