El encanto de los Andes fueguinos

A medida que la camioneta avanzaba por la Ruta Nacional N° 3 hacia el norte, mi fascinación por el paisaje aumentaba. No me alcanzaban los sentidos para apreciar la magnitud y la belleza salvaje de los Andes fueguinos.

Trekking a Laguna Esmeralda

Me bajé en Valle de Lobos,  a 18 kilómetros del centro, para ir a Laguna Esmeralda. La senda no presentó dificultad en el tramo que atravesaba el bosque. Los problemas llegaron en el turbal, donde la señalización no era del todo clara.

Recordé la advertencia del matrimonio que había conocido en el Parque e, inmediatamente, comprendí sus palabras. Sin indicaciones ni nadie delante a quien seguir, me mandé y metí la pata, literalmente. Casi media pierna izquierda se me hundió en la turbera. Por suerte, una mujer me ayudó a salir y me señaló el camino correcto.

Continué, intentando seguir unas indicaciones que no veía. Cuando acepté que los caños azules no se distinguen a la distancia, bajé el ritmo para tener a alguien que caminara delante. Finalmente, llegué a Laguna Esmeralda, que debe su nombre al color de sus aguas.

Sunset kayaking

Después de lavar la ropa, limpiar los borcegos y tomar una ducha, me preparé para lo que prometía ser una experiencia inolvidable: practicar kayak al atardecer en Lago Escondido. Junto a Walter de Ushuaia Safari, dos parejas de brasileños y una chica sudafricana, partimos hacia la aventura. 

Nuestra primera parada fue en Valle de Lobos, donde Walter cargó provisiones y nos ofreció un alfajor y algo caliente para beber. Luego, retomamos la Ruta Nacional N°3 hasta Paso Garibaldi, el cruce cordillerano más austral del país. Allí nos detuvimos a contemplar el Lago Escondido y, detrás, el Lago Fagnano. Tomamos fotografías para inmortalizar el momento y volvimos a emprender la marcha.

Bajamos a la costa del Lago Escondido, nos colocamos los equipos y subimos a los kayaks. Junto con Tracy, la chica de Sudáfrica, fuimos las primeras en entrar al lago, lo que nos dio algo más de tiempo para practicar. Era la segunda vez en la vida que me subía a un kayak. La primera había sido hacía casi cinco años, por lo que no podía mentirme: la técnica no era mi fuerte.

Árboles sumergidos, rocas y plantas formaban parte del paisaje, al que se sumaba un cielo infinito, bosques milenarios y montañas imponentes. Con algún que otro desvío, cruzamos el lago y volvimos a tocar tierra firme en la orilla opuesta.  Walter nos dio 15 minutos para recorrer los alrededores y tomar fotografías, el tiempo que le tomó organizar el refugio, encender el fuego para cocinar  y servir la picada que acompañamos con vino tinto y compartimos entre anécdotas de viajes, risas y sugerencias de destinos.

Especias, pan, cuchillos y otros elementos de cocina salían de dos bolsas mágicas que parecían no tener fondo. Mientras tanto, la carne tomaba color en el disco y nos seducía con su aroma. Cuando la comida estuvo lista, cenamos a la luz del fuego y brindamos por la experiencia compartida.

Walter se encargó de dejar el refugio en las mismas condiciones en que lo habíamos encontrado y nos repartió linternas de cabeza a cada uno. Volvimos a colocarnos los equipos y regresamos a los kayaks. En esa oportunidad, hice grupo con Fred.

Remamos en la oscuridad y disfrutamos de los sonidos de la naturaleza, sólo interrumpidos por nuestro paso. Una vez que alcanzamos la orilla, guardamos los equipos, subimos a la camioneta y tomamos la Ruta Nacional N°3 en dirección sur para regresar a Ushuaia.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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