El legendario Cerro Torre

Ariel conocía las señales del clima. “Mañana va a estar despejado”, dijo la noche anterior, al entregarme las llaves de la habitación 5, y me recomendó levantarme temprano. Esas oportunidades no podían desperdiciarse. Así lo hice y comprobé que su lectura había sido acertada. Durante la temporada, Ariel atendía la administración del hostel y restaurante Rancho Grande, ubicado en Avenida San Martin 724, hasta que el invierno tocaba la puerta. Entonces, se cargaba la mochila al hombro y partía para conocer nuevos destinos o regresar a aquellos que lo habían conquistado. En 2017 se había quedado en el pueblo para probar el invierno.

Por mi parte, era la segunda vez que visitaba la Capital Nacional del Trekking. Como la noche anterior había llegado tarde, a la mañana hice las compras para el desayuno y el almuerzo. En el supermercado de la Avenida San Martín había pocas personas y varios productos a los que les faltaba el precio. Si uno quería saber cuánto costaba un dulce de leche, tenía que acercarse a la caja y preguntarle a la muchacha sentada detrás del mostrador. Así con varios comestibles de las góndolas.

De regreso en el hostel, decidí empezar por los senderos que me habían quedado pendientes. Elegí hacer el trekking a la Laguna Torre, ubicada al pie de una de las montañas más bellas y difíciles de escalar del mundo. Con 3.133 metros de altura, el Cerro Torre era un desafío que se había convertido en leyenda.

Unos minutos después de las 9, Ariel me entregó un mapa. Birome en mano, me indicó cómo llegar al inicio de la senda y los puntos donde cargar agua.

Al inicio del sendero, un guarda parques repartía consejos a los viajeros que pasaban por el puesto de Parques Nacionales. El hombre indicaba tiempos y distancias, mientras seguía hilos de colores en un mapa tallado en madera. A los minutos, llegué al mirador de la Cascada Margarita y, 3 kilómetros después, alcancé el mirador del Torre. A la distancia, observé el cordón Adela, el Cerro Torre y las agujas de granito Egger (2900 metros) y Standhardt (2800 metros) que acompañaban al segundo. Por momentos, la senda se internaba en el bosque y luego salía a algún claro, donde la presencia del sol se sentía con mayor intensidad.

Más adelante, el camino se dividió en dos: un brazo conducía a la Laguna Madre e Hija, que conectaba con la senda al Fitz Roy, y el otro continuaba hasta el Campamento D’ Agostini. Allí me crucé con una chica que también había estado hospedada en el hostel Cruz del Sur, en Ushuaia. Fue un saludo fugaz, un beso en la mejilla y una risa de alegría por habernos reconocido. Después, nos despedimos sin recordar siquiera nuestros nombres.

Al final de la senda, el paisaje se tornó rocoso, como antes de llegar a la Laguna de los Tres. La Laguna Torre era un espejo de agua envuelto en sombras, donde flotaban pequeños témpanos. La cima del cerro estaba atravesada por nubes desteñidas, que ganaban densidad con el correr del tiempo.

La historia del cerro, famoso por su pendiente, comenzó a 1959, cuando los alpinistas italianos Cesare Maestri y Cesarino Fava, y el escalador austríaco Toni Egger emprendieron la ascensión de la cara este de la montaña de granito, hasta entonces catalogada como “imposible”. Maestri aseguró haber alcanzado la cima pero Egger murió en el descenso, arrastrado por una avalancha que se habría llevado la cámara de fotos con la que registraron la expedición. Sin pruebas que confirmaran la proeza, pocos creyeron en la palabra de Maestri.

Once años más tarde, el alpinista volvió al intentar el ascenso, ayudado por un compresor a gas que utilizó para colocar 360 clavos de presión. Si bien llegó hasta donde termina la roca, Maestri no escaló el hongo de hielo. A pesar de las críticas por el uso del compresor y no haber hecho cumbre, la “ruta Maestri” fue utilizada por los montañistas durante más de 30 años. En 2012 el canadiense Jason Kruk y el estadounidense Hayden Kennedy llegaron a la cima del Torre. Al bajar, se llevaron consigo 102 de los clavos colocados por Maestri y encendieron la polémica en el pueblo.

Al momento de regresar, la cima del Torre había quedado oculta dentro un torbellino de nubes irregulares, que resaltaban el dramatismo de su legendaria figura.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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