Entre lagos y bosques milenarios

Un dragón custodiaba la plaza de Trevelin. La figura alada se repetía a lo largo del pueblo cordillerano, cuyo nombre significa “pueblo del molino” en galés.  Allí me encontré con el amigo de un amigo, que me esperaba para ir al Parque Nacional Los Alerces (PNLA).

Después de comprar provisiones en el supermercado, tomamos la Ruta Provincial (RP) 71 y salimos del pueblo de alma galesa, ubicado al noroeste de Chubut. A mi derecha, observé el Río Futaleufú, que en lengua mapuche quiere decir “Río Grande”, y, más adelante, la Laguna Terraplén. En cada curva, el paisaje era más impactante. Tras cruzar la Portada Centro del Parque, vi los rastros del último incendio. Miles de troncos grises, que aún se mantenían de pie, recordaban el paso de las llamas que en enero de 2016 habían consumido más de 1700 hectáreas de bosque nativo.

Unos minutos antes de las 20, llegamos a la Villa Futalaufquen. La casa en la que nos instalamos era una las más cercanas a la tranquera de acceso. Se trataba de una construcción antigua, de paredes anchas pintadas de blanco, ventanas con marcos y postigones de madera, y techo de chapa negra. Una angosta escalera de piedra conducía a la entrada principal: una puerta de madera, también pintada de blanco, con cuatro rectángulos de vidrio repartido en la parte superior. En la cocina había una vieja mesa de madera robusta, una despensa y una estufa de hierro fundido que había dejado se usarse hacía muchas temporadas. 

Bajamos nuestras cosas, preparamos el mate y salimos hacia el Lago Futalaufquen, cuyo nombre significa “Lago Grande” en lengua mapuche.  La playa estaba casi vacía. Nos sentamos sobre las rocas, de cara a la orilla. Entre mate y mate, ampliamos el escueto resumen que habíamos hecho de nuestras vidas.

De regreso a la villa, me sorprendió encontrar una iglesia dentro del Parque. El templo estaba consagrado a la Virgen del Lago. Era una capilla pequeña, con una puerta doble de madera y una cruz blanca en lo alto del techo oscuro, situada en un pequeño claro.

Al día siguiente, volví al lago y esperé sentada la llegada del amanecer. Las cimas de los cerros se encendieron y algunas nubes se tiñeron de tonalidades anaranjadas con los primeros rayos de sol.

Esa mañana inicié el camino hacia Puerto Limonao. La senda bordeaba la costa del lago. El azul intenso de su superficie contrastaba con verde de la vegetación, sin perder la armonía. A lo largo del trayecto, carteles marrones con letras amarillas indicaban los nombres de flores y árboles. Así conocí lo que era una “maqui” y  aprendí que el “coihue” es un árbol de gran porte que “crece en sitios húmedos (co: agua- hue: lugar)”.

Al final de la senda, volví a salir a la ruta y llegué a Puerto Limonao. Contemplé la superficie del lago y la costa opuesta. Luego, regresé a la villa. Allí encontré al amigo de mi amigo, que acababa de despertarse. Preparamos un par de sándwiches de atún y un termo con jugo, y fuimos a recorrer el Parque. Volvimos a tomar la RP 71, que pronto se convirtió en un camino de ripio.

Nuestra primera parada fue en una playa pequeña, con muchas piedras y una gran población de tábanos. Intenté nadar, pero el agua estaba helada, así que sólo me metí hasta la cintura. De vuelta en la ruta, seguimos hasta Playa Francesa. Como la costa era mucho más amplia y había menos tábanos, nos quedamos unas tres horas. 

Sobre el final de la tarde, volvimos a dirigirnos rumbo al norte. Después de visitar el mirador del Lago Verde, cruzamos la pasarela peatonal sobre el Río Arrayanes. El agua, que entonces tenía tonalidades verdosas, comenzó a tornarse azulada mientras seguíamos el curso del Río Menéndez hasta el lago homónimo. En el camino, vimos el Lahuan solitario, un alerce de 300 años y 62 centímetros de diámetro.

Con las últimas luces de la tarde, llegamos al Lago Menéndez. Después de tantos torbellinos de colores, me impactó la transparencia del agua. No había magia ni efecto óptico, sólo el fondo del lago, poblado de rocas, troncos y raíces que se perdían a lo lejos. Un catamarán flotaba amarrado al final de un muelle de madera. A la izquierda, un bote a motor, bautizado Doña Eva, me mecía con el vaivén de las aguas. La noche nos encontró en la ruta. 

A la mañana siguiente, me despedí de mi guía. Salí de esa casa de cuento y caminé hasta la Intendencia del Parque, donde esperé la combi de las 9:30 para continuar mi viaje hacia el norte.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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