Fin de año en el “Fin del mundo”

Desperté sin recordar que era 31 de diciembre. No tenía un plan fijo y Alejandro me sugirió unirme a un grupo que estaba por salir hacia Laguna de los Témpanos pero, como aún no estaba lista, opté por no decirles nada y seguí entretenida con mi desayuno. Más tarde, le pregunté a Marcelo cómo llegar al inicio de la senda. Éste le consultó a Alejandro, quien le respondió que no fuese sola.

“Te dije que fueras con los chicos”, me recordó el dueño de Cruz del Sur cuando indagué en los motivos de su recomendación. Entonces, me llevó hasta el mapa pegado frente a la recepción para que le sacara una foto y me dijo que tomara un taxi en La Anónima hasta la tranquera de Andorra. “Preguntá si alguien va hasta la Laguna de los Témpanos. No te mandes sola”, insistió. Me calcé la mochila y salí.

El viaje en taxi fue corto. Llegué a la tranquera y, en lugar de esperar, empecé a caminar. Tras darle una segunda mirada más detenida al mapa, me percaté de la zona de turba y entré en duda. Recordar la experiencia de la mañana anterior y ver que no había mucha gente realizando el trayecto me hizo pensar que lo mejor sería encontrar un compañero para esa aventura.

Volví sobre mis pasos y en el camino me encontré con cuatro chicos. Les pregunté si hablaban español y uno de ellos me respondió que “un poquito”, así que desempolvé el inglés que no usaba desde el secundario. Me dijeron que iban a la  Laguna de los Témpanos y consulté si podía unirme a ellos, a lo que respondieron que sí. Así fue como conocí a Niv, Daniel, Ofir y Tamir, cuatro israelíes que habían terminado el ejército hacía dos años y comenzaban un viaje de seis meses por América Latina.

Mientras Ofir tarareaba canciones en hebreo, Daniel y Tamir me consultaban sobre los nombres de comidas argentinas y cómo contar del uno al diez en español.  “How do you said…”, me preguntaban uno tras otro. Por mi parte, aprendí que al finalizar el colegio los israelíes ingresan al ejército, los varones por tres años y las mujeres por dos. Después, muchos trabajan para ahorrar plata y emprender un gran viaje.

Con Niv a la cabeza, bordeamos el Arroyo Grande por el margen izquierdo hasta alcanzar el puente que lo cruza e iniciamos el ascenso por el bosque de lengas y ñires. Cuando el barro se volvió un compañero más, comprendí el porqué de la advertencia de Alejandro. El terreno estaba complicado para hacerlo sola. En más de una oportunidad, los chicos me ayudaron en las partes resbaladizas y me dieron una mano para cruzar troncos que hacían de puentes. En una ocasión, Niv, Ofir, Tamir y yo caminamos sobre un árbol caído. Cuando fue el turno de Daniel, éste caminó tranquilo por un costado y, al llegar, se rió de nosotros. “Pero así es más divertido”, coincidieron los otros tres.

El bosque terminó y salimos a un valle de altura. A los pocos minutos empezó a llover y, luego, a nevar. La felicidad estaba pintada en el rostro de los cuatro israelíes. Del otro lado del arroyo que atravesaba el valle aparecieron mis compañeros de hostel y, desde esa margen, sujetaron los troncos que hacían de puente para ayudarnos a cruzar. “Les queda la parte más difícil”, me advirtió Tomás antes de marcharse.

Iniciamos el ascenso, siempre con Niv a la cabeza, y en el camino nos cruzamos con un grupo de ciclistas que bajaban por la ladera de la montaña. Finalmente, llegamos a la Laguna de los Témpanos. Nevaba y eso hacía que el paisaje fuese aún más espectacular. Pensé en el clima de Ushuaia, que cambia cada 20 minutos, y agradecí que fuera así, porque nos permitía vivir experiencias maravillosas como esa. Pasamos el arroyo que nacía en la laguna y caminamos hacia la derecha por un sendero abierto en el hielo hasta las cuevas del Glaciar Vinciguerra. Mientras subíamos, nos hundíamos en la nieve fresca y eso hacía que todo fuese aún más divertido.

Entre guerras de bolas de nieve, montañas imponentes y rayos de sol que se filtraban entre las nubes, comenzamos el descenso. Al mirar hacia atrás y ver las cuevas, Tamir dijo: “Parece una película”. Estuve de acuerdo, era una de las vistas más hermosas de Ushuaia.

La bajada por el bosque no fue más sencilla que la subida. Niv se adelantaba en busca de las marcas que nos confirmaran que íbamos por el camino correcto y Daniel cerraba la comitiva. Volvimos a cruzar el puente y nos sentamos frente al arroyo. Entonces, Ofir puso música y Daniel repartió su almuerzo, que consistía en pan y atún, entre los cinco. Niv optó sólo por el pan y le pregunté por qué. Me respondió que había comido mucho atún en el ejército y ya no podía probarlo.

Almorzamos en ese pequeño paraíso, entre bromas y anécdotas, con música israelí de fondo. Volvimos juntos al centro, en un remis que no me dejaron pagar, y quedamos en que tal vez nos veríamos más tarde.

Llegué a Cruz del Sur bastante embarrada, al punto que Marcelo me hizo entrar por el acceso para autos y dejar los borcegos y la parte desmontable del pantalón junto al lavadero. Después de ducharme, limpiar los borcegos y dejar ropa en la lavandería, me crucé con Alejandra, una traductora argentina, y le pregunté qué planes tenía para esa noche. Me uní a sus preparativos para el Año Nuevo, junto con Tomás, el árbitro de fútbol de La Plata; Gianluiggi, el instructor de buceo italiano; la chica dinamarquesa y el muchacho alemán.

Mientras Alejandra y Gianluiggi preparaban el relleno de las empanadas, el resto nos encargamos de la picada. Luego, entre  la traductora, el árbitro, el instructor de buceo y yo hicimos los repulgues. Fueron las primeras empanadas de carne que cocinó Alejandra, porque es vegetariana, y las primeras que preparó Gianluiggi. Era una noche de nuevas experiencias.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

Comartir
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *