La magia del Glaciar Perito Moreno

Un cielo despejado y viento leve son dos condiciones atípicas en El Calafate, en especial si se dan juntas. Esa mañana sería mi primer encuentro cara a cara con el famoso Glaciar Perito Moreno, declarado “Patrimonio Natural de la Humanidad” por la UNESCO, y el clima no podía ser mejor. Los dos extraños factores se habían combinado y el resultado era perfecto.

Aguardé ansiosa la llegada del transfer, que se presentó unos minutos antes de las 8 en el hall del hotel. Fui la última en unirme al variopinto grupo de viajeros.  Dejamos atrás la ciudad y tomamos la Ruta Provincial N° 11 en dirección al Parque Nacional Los Glaciares (PNLG). Las estancias se sucedían a ambos lados del camino, mientras los cerros silenciosos nos vigilan a la distancia. El notro y el calafate empezaron a mermar y fueron reemplazados por lengas y ñires. La vegetación aumentaba a medida que nos acercábamos a la Cordillera de los Andes y pronto nos vimos envueltos por un bosque en el cual discurrían arroyos y casacadas. Las hojas de los árboles comenzaban a tornarse rojizas. Era un indicio de la proximidad el otoño y el fin del verano.

Tras una hora de viaje, hicimos nuestra primera parada en el portal del Parque. Eran casi las 9 cuando dos empleados subieron al micro para cobrarnos la entrada. A pesar de la cantidad de personas, el trámite fue rápido y a los pocos minutos volvimos al camino.

Una curva nos ofreció una visión fugaz del Glaciar Perito Moreno a la lejanía. Fue sólo un instante pero bastó para que el micro se fundiera en espiraciones, acompañadas de expresiones de entusiasmo y deseo. Pasamos el “Mirador de los suspiros” y a nuestra izquierda se abrió el acceso al Puerto Bajo las Sombras, donde nos embarcamos para cruzar hacia la costa sudoeste del Brazo Rico del Lago Argentino.

Trekking sobre el glaciar

La pared sur del Glaciar Perito Moreno se recortaba contra un cielo celeste. Antes de alcanzar la orilla, la imponente masa de hielo nos regaló un desprendimiento que se llevó los aplausos de todos los pasajeros. Tras veinte minutos de navegación, desembarcamos en la costa. Una escalera ubicada entre las rocas nos facilitó el acceso a la playa, donde los guías nos organizaron en grupos por idioma. “Recuerden: Todo lo que trajeron con ustedes vuelve a El Calafate con ustedes”, señaló Gabriel, uno de los coordinadores del grupo de español. Dejamos las pertenencias que no utilizaríamos durante la excursión en un refugio y, a vez que todos estuvimos listos –sin peso extra y con guantes puestos-, emprendimos el camino por las pasarelas que bordeaban la costa.

Nos detuvimos en una pequeña playa con vista al Glaciar, donde el Gabriel relató el origen de la gran masa de hielo. Con 60 metros de altura y un frente de 5 kilómetros, el Glaciar Perito Moreno se origina en el Campo de Hielo Patagónico Sur, que con una superficie de 13 mil kilómetros cuadrados es la tercera concentración de hielo más grande del mundo, después de las de ambos polos. Del Campo de Hielo, situado a 2 mil metros sobre el nivel del mar, se desprenden 48 glaciares, entre los que se destaca el Perito Moreno por su fácil acceso y la espectacular ruptura que ofrece aproximadamente cada cuatro años, cuando se quiebra el puente de hielo.

Concluida la charla, retomamos el sendero hasta llegar al borde del Glaciar, donde ondeaba la bandera argentina. “Átense bien los cordones y luego vengan a colocarse los crampones”, nos indicó Nicolás, el segundo guía del grupo. En principio, los crampones me resultaron pesados, por lo que llegar al borde de la masa de hielo fue una tarea lenta, acompañada por el desagradable sonido que producía el metal al chocar contra las rocas.

Fuimos el primer grupo en pisar su superficie irregular, pero firme, del Perito Moreno. Una vez que los guías nos enseñaron a utilizar los crampones para subir y bajar, nos lanzamos a la aventura. “Si quieren arrepentirse, este es el momento”, nos advirtieron, pero nadie pareció estar a disgusto con el desafío que nos esperaba por delante. Con Gabriel a la cabeza y Nicolás cerrando el grupo, avanzamos en fila. Subimos y bajamos por escaleras de hielo improvisadas en el momento; caminamos entre gritas, que por efecto óptico se veían azuladas; bebimos agua pura de una cascada; y bordeamos paredes heladas, en un circuito que nos llevó a estar a 25 kilómetros del límite con Chile. Sólo el crujido de los crampones sobre el hielo, el correr de los hilos de agua y el estruendo de los desprendimientos rompían la quietud del entorno.

Al final del Mini Trekking, bebimos whisky con hielo del Glaciar y brindamos por la maravillosa experiencia. A la distancia, observé el avance del segundo grupo. Sólo entonces tomé real dimensión de cuán pequeños éramos y de la inmensidad de la masa de hielo que se extendía bajo nuestros pies.

De vuelta en la tierra y libre de los crampones, me sentí ligera al andar. Tomé mis cosas del refugio y continué hasta la playa Almorcé en lo alto de una roca, de cara a la pared sur del Perito Moreno. Cada estrepitoso rompimiento alteraba la quietud de las aguas. Algunos se producían allí y otros en el Canal de los Témpanos, del otro lado del puente de hielo.

A las 14:30 el barco nos cruzó a la otra orilla del Brazo Rico, donde tomamos un micro para ir al Mirador del Glaciar, ubicado a unos 6 kilómetros de allí.  Las curvas del camino permitían apreciar la parte superior del inmenso manto blanco, cuyo nacimiento se perdía en el horizonte. En la parte superior de las pasarelas parecía que con sólo estirar la mano era posible alcanzar los picos de hielo. ¡Estaban tan cerca!

Pequeños desprendimientos nos acompañaron durante el descenso. Un crujido estremecedor anunciaba el hundimiento de un nuevo témpano, que luego salía a flote para esparcirse por la superficie del Lago Argentino. Aunque todos seguían el mismo proceso, cada uno era extraordinario.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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