La ruta de los pioneros

“Viajero que pasas por este lujar… recuerda que a lo largo y ancho de estos territorios, en tumbas sin nombres, pero no por ello olvidados, yacen aquellos que se alzaron en defensa de sus derechos”, reza un cartel ubicado al margen de la vieja Ruta de las Estancias. La cita pertenece al escritor argentino Osvaldo Bayer y alude a la masacre que tuvo lugar en la Patagonia a principios del siglo pasado, cuando fueron fusilados “cientos de trabajadores laneros y peones rurales de diversas nacionalidades por revelarse contra condiciones de trabajo inhumano y reclamar salarios justos”.

Esa mañana había salido del centro de El Calafate en dirección al Lago Roca, junto al equipo de Glaciar Sur y otras dos viajeras, Ursula y Celina. Mientras el chofer, “Cacho”,  tomaba la vieja Ruta de las Estancias, el guía, Milthon Rischmann, comenzó a relatarnos la historia de esas tierras.

En principio, el camino nos condujo a través de la estepa patagónica. Apreciamos su paisaje árido, casi desértico, producto de los fuertes vientos y las bajas precipitaciones. También vimos algunas especies típicas de la región, como choiques, guanacos, zorros y chimangos.

Nos detuvimos ante el monumento en homenaje a los gauchos caídos en las huelgas rurales de principios del siglo XX. Tres monolitos con las inscripciones “Memoria”, “Verdad” y “Justicia” se alzaban entre un modesto santuario y el cartel con la cita de Bayer.

Tres hermanas

El paisaje se modificaba a medida que nos acercábamos a la Cordillera de los Andes. Cruzamos la entrada del Parque Nacional los Glaciares (PNLG)  y, a los minutos, nos detuvimos en la costa de Lago Roca para apreciar su superficie espejada. Minutos más tarde, atravesamos un pequeño bosque de lengas para llegar a la estancia Nibepo Aike.

A principios del siglo XX, el croata Santiago Peso llegó a la Argentina y fundó la estancia La Jerónima, en sociedad con un grupo de compatriotas. Por aquel entonces, estos pioneros se dedicaban a la cría de ganado ovino y contaban con una incipiente producción bovina. En 1924, durante un viaje a Río Gallegos, Peso conoció a la croata María Martinic, con quien se casó al año siguiente. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Adolfo, quien falleció al año y medio;  Radoslaba, apodada Niní”; Ángela, apodada “Bebe”; y María, apodada “Porota”.

Peso enfermó de tuberculosis en 1936 y falleció dos años más tarde. Su esposa, lejos de dejarse vencer, se hizo cargo de la administración de la estancia con la ayuda de sus hijas. En 1947 Martinic rebautizó la estancia en homenaje a las jóvenes. De este modo, La Jerónima pasó a llamarse Nibepo Aike, nombre conformado por las dos primeras letras del apodo de cada una de sus hijas y la palabra “Aike”, que significa “lugar” en lengua tehuelche.

Nos unimos a otro grupo de visitantes en un antiguo galpón para presenciar una demostración de esquila con tijera. Luego, pasamos al quincho para degustar un exquisito cordero patagónico, que acompañamos con los mejores vinos argentinos. Tras el distendido almuerzo, Rischmann, Celina, Ursula y yo nos despedimos de Niebepo Aike con la promesa de regresar en otra oportunidad para explorar ese bello paraíso de montaña. Caminamos hasta la costa del Lago Argentino para embarcarnos en una nueva aventura. Allí nos esperaban el conductor de la lancha, Marcelo, y “Cacho”.  Bajo un sol radiante, navegamos por los brazos Sur y Rico para descubrir paisajes imponentes.

Glaciar sur

Entre risas y bromas, desembarcamos en la Playa de las Monedas. Con Rischmann a la cabeza, iniciamos la caminata a través de un sendero sinuoso que nos condujo a través un bosque de lengas. La abundante presencia de “barba de viejo” nos indicaba la pureza del aire. Avanzamos en fila, sigilosos, pues a lo lejos se oían los mugidos de las vacas salvajes que deambulan por la región. Luego de unos veinte minutos, salimos a la costa, frente el mirador sur del Glaciar Perito Moreno. La vista era bellísima.

Volvimos a embarcarnos para apreciar de cerca la monumental masa de hielo. Un témpano de gran tamaño se precipitó hacia las profundidades del Lago Argentino envuelto en un crujido estremecedor, de esos que cortan al respiración, y una aureola blanca se pintó en la superficie. Esa especie de danza se repitió una y otra vez,  acompañada por el eco de los desprendimientos que tenían lugar en el Canal de los Témpanos.

Tras semejante espectáculo, descendimos en el Puerto Bajo las Sombras. Nos despedimos de “Cacho” y Marcelo, y subimos al transfer que nos llevaría a las pasarelas.  Con dos horas por delante, Rischmann nos sugirió iniciar el recorrido por la “parte baja” para disfrutar de las distintas perspectivas del Glaciar Perito Moreno. Seguimos su consejo y comenzamos el ascenso. Al final del trayecto, llegamos al nivel superior de las pasarelas y vimos la forma en que el manto níveo se perdía en el corazón del Campo de Hielo Patagónico Sur.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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