La Siberia argentina

Por un instante, la lluvia me hizo dudar. Mi plan para esa mañana era realizar el trekking al Glaciar Martial pero, cuando se lo comenté a Marcelo y él señaló la lluvia, comencé a evaluar otras posibilidades. En ese momento llegó el camionero y me preguntó qué tenía pensado para ese día. Le expliqué que mi idea original estaba en reconsideración por el tema de la lluvia y me recordó que “acá el clima cambia cada 20 minutos”, instándome a ir.

Seguí las recomendaciones de Alejandro y tomé un taxi hasta la base del Martial, que se encuentra a 7 kilómetros del centro. Pedí información sobre los senderos e inicié la marcha.

En la primera parte del camino abundaban los árboles pero la vegetación comenzó a mermar a medida que ascendía, hasta que el paisaje se tornó rocoso. Luego, la senda se acercó a sectores del glaciar donde grandes y chicos hacían culipatín. Allí comenzó la subida más exigente. 

Cuando sólo me quedaban unos pocos metros para llegar al final, empezó a nevar. Eso que hizo que el ascenso del último tramo fuese aún más emocionante y la vista de la ciudad, a 825 metros sobre el nivel del mar, resultara magnífica.

El descenso fue rápido, a pesar de la lluvia del último tramo. Compartí un taxi con tres extranjeros desde la base del Martial hasta el centro y, de camino al hostel, hice una parada en la panadería Eureka, donde compré bizcochitos para el mate. Tenía añoranza de ese compañero que había dejado en Buenos Aires por no querer cargar con el peso del termo. Por suerte, esa mañana había encontrado un par en la cocina.

Disfruté cada paso del preparativo, que para los argentinos es más bien una especie de ritual, y cuando el agua estuvo en su punto (nada de usar pava eléctrica) compartí unos mates con Alejandro y Marcelo. Luego se sumó Roberto, el otro brasileño que trabajaba en el hostel, y los mates dieron paso al almuerzo.

El antiguo infierno de los criminales

Por la tarde visité el Museo Marítimo y del Presidio de Ushuaia, que funciona en el edificio de la ex Cárcel de Reincidentes de Tierra del Fuego. Conocido como la “Siberia argentina”, el presidio más austral del mundo tuvo un rol fundamental en la historia de Ushuaia.

En 1883 el presidente de la Nación, Julio Argetino Roca, presentó un proyecto de ley para crear una colonia penal con la intención de poblar el extremo sur del país que él mismo había despoblado a sangre y fuego. El clima y la ubicación de estas tierras, encerradas entre el mar y la cordillera, hacían de ellas una muy buena opción para establecer una prisión. Sin embargo, el intento de poblar la isla con una colonia penal no prosperó.

Recién en 1895, durante la presidencia de José Evaristo Uriburu, se sancionó la Ley Nacional Nº 3335, la cual establecía que las sentencias de reincidentes debían ser cumplidas en los Territorios Nacionales del Sud. Al año siguiente llegaron los primeros catorce presos que habían aceptado voluntariamente su traslado. Inmediatamente se enviaron once hombres más y nueve mujeres, todos ellos ex convictos que habían vuelto a delinquir. Así se inició la Cárcel de Reincidentes, habilitada provisoriamente en casas de madera y chapa.

Paralelamente, el Presidio Militar que funcionó en la Isla de los Estados, primero en San Juan de Salvamento y luego en Puerto Cook, fue trasladado a Ushuaia en 1902 por cuestiones humanitarias. La prisión comenzó a funcionar en Puerto Golondrina, situado al oeste de la ciudad, en casas de chapa y galpones que habían sido trasladados de Isla de los Estados. En 1911 el presidente de la Nación firmó el decreto que fusionó el Presidio Militar con la Cárcel de Reincidentes de Ushuaia.

Siguiendo la tradición arquitectónica carcelaria diseñada por Jeremy Bentham en 1780, el Presidio Nacional se erigió en forma de panóptico con 5 pabellones de 76 celdas exteriores cada uno. La construcción del edificio fue realizada entre 1902 y 1920 por los mismos presos.

Aunque las 386 celdas, donde apenas entraba un camastro, eran unipersonales, el presidio llegó a alojar a más de 600 penados. A esta cárcel no sólo fueron enviados delincuentes autores de graves delitos, muchos de ellos condenados a penas de larga duración e, incluso, perpetua, sino también presos políticos y sociales. El régimen aplicado se basó en el trabajo retribuido, enseñanza escolar de nivel primario y una disciplina severa.

El penal llegó a tener 30 sectores de trabajo, algunos de los cuales quedaban fuera de él. Los talleres instalados atendieron las necesidades de la cárcel y prestaron servicios a toda la ciudad. Los penados que tenían buen comportamiento fueron utilizados para realizar trabajos fuera del edificio del presidio, como la construcción de calles, puentes y edificios, y la explotación de los bosques. Para ello se habilitó el tren más austral del mundo, cuyo recorrido llegó a tener una extensión de 25 kilómetros.

En 1947 el presidente de la Nación, Juan Domingo Perón, ordenó la clausura de la cárcel  por cuestiones humanitarias. Las instalaciones fueron transferidas al Ministerio de Marina y en 1950 se instaló allí la Base Naval. A partir de un convenio con la Armada Argentina, el ex Presidio de Ushuaia se habilitó como museo en 1994 pero comenzó a funcionar el 3 de marzo de 1995 con una colección privada, que tuvo sus inicios en 1985. En abril de 1997 el edificio fue declarado Monumento Histórico Nacional por el Congreso de la Nación.

En la actualidad, el Museo es administrado por una sociedad civil y se sostiene, en especial, gracias a los turistas que lo visitan.  A través de sus estrechos pasillos se recorren las celdas donde los presos perdían sus nombres para convertirse en un número. Cruzar la puerta del Pabellón Histórico fue dar un paso atrás en el tiempo y retroceder a la época del homicida múltiple Mateo Banks, apodado “el místico”;  Cayetano Santos Godino, más conocido como “el petiso orejudo”, y el anarquista Simón RadowitskyNo puede evitar sentir un escalofrío al contemplar los muros que hablaban de las condiciones inhumanas del que fuera el presido más austral del mundo.

Aunque llegué a recorrerlo completo, al salir sellé la entrada para poder regresar dentro de las 48 hs.  Sólo entonces me percaté del irónico saludo del folleto que decía: “Les deseamos una feliz estadía EN LIBERTAD”.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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