Navegando por el Canal Beagle

Zarpamos del Puerto de Ushuaia a las 9:30 para abrirnos paso por las misteriosas aguas del Canal Beagle. A medida que nos acercábamos a la Isla de los Pájaros, las construcciones se volvían pequeñas pero las montañas continuaban siendo imponentes.

Un mar de leyendas

Navegamos hasta la Isla de los Lobos y continuamos hasta el Faro Les Eclaireurs, un emblema del “Fin del mundo”, que indica el ingreso a la Bahía de Ushuaia, donde tuvo lugar uno de los tantos naufragios que se volvieron leyenda: el del Monte Cervantes. 

Botado en 1924, el barco pertenecía a la compañía Hamburgo Sudamericana. Con 150 metros de eslora, 19 de manga y 10,7 de puntal, desplazaba 13.750 toneladas y alcanzaba una velocidad de 16 nudos gracias al impulso de cuatro motores diesel. El navío tenía dos ejes, dos chimeneas, dos mástiles y veinte botes salvavidas. Se trataba de un vapor turístico de seis pisos, sin contar las bodegas, con capacidad para 1.082 pasajeros pero que en su último viaje llevó a 1.200. A esa cifra debían sumarse unos 300 oficiales y tripulantes.

El Monte Cervantes había salido del puerto de Buenos Aires el 15 de enero de 1930. Su capitán era Teodoro Dreyer. La embarcación pasó frente a Mar del Plata e hizo breves escalas en Puerto Madryn y Punta Arenas. El 21 de enero realizó una escala de 15 horas en el pueblo de Ushuaia, que en ese momento contaba con 800 habitantes, y al día siguiente partió con destino a Bahía Yendegaia, en Chile. No se sabe si por decisión del Capitán o del piloto Rodolfo Hepe, en lugar de llegar hasta el Faro Les Eclaireurs, se utilizó el paso del mismo nombre y el navío chocó contra un bajo fondo. El rasguido en la quilla fue aterrador.

Se había producido una abertura que rápidamente inundó las bodegas y los camarotes más bajos. La proa se levantó y, bruscamente, el navío se inclinó de babor y comenzó a hundirse. Dreyer reaccionó de inmediato y, antes de quedarse sin motores, llevó al buque hasta los islotes Les Eclaireurs, donde lo encalló. De esa forma,  la tripulación pudo bajar los botes salvavidas y todos los pasajeros fueron rescatados. Un solo hombre desapareció en las aguas del Canal Beagle: el Capitán del Monte Cervantes.

Los náufragos debieron esperar una semana a que el buque Monte Sarmiento los fuese a recoger para retornar a Buenos Aires. En Ushuaia no había más que una pensión con cuatro camas, por lo que pasajeros y tripulantes debieron repartirse en diferentes casas de familia, el patio del presidio y otros sitios de la ciudad.

Años más tarde, la empresa argentina Salvamar se propuso reflotar el Monte Cervantes. Para este trabajo fueron necesarios los barcos Chiriguano y Guaraní de la Armada,  y el remolcador Saint Christopher de Salvamar. Finalmente, el 3 de octubre de 1954 el barco fue reflotado pero su casco volvió a partirse y el Monte Cervantes se hundió en un lugar más profundo, perdiéndose para siempre en las profundidades del Canal Beagle.

La primera estancia del Fin del mundo

Desde el Faro Les Eclaireurs, que muchos confunden con el Faro San Juan de Salvamento que se encuentra en la Isla de los Estados y en el que se inspiró Julio Verne para escribir su novela “El faro del fin del mundo”, navegamos hasta Isla Martillo para ver una colonia de pingüinos magallánicos. Luego, nos dirigimos a la Estancia Harberton, la primera  de Tierra del Fuego,  fundada por el reverendo anglicano Thomas Bridges a fines del siglo XIX.

Tras ser encontrado sobre un puente en Inglaterra, Bridges había sido adoptado por el misionero anglicano George Despard. En 1856 el reverendo se trasladó a las Islas Malvinas con toda su familia para instalar una misión. Con 13 años, Bridges aprendió yahgán, la lengua de los yámana, y durante su primer viaje a Tierra del Fuego, en 1863, pudo hablar con los fueguinos y explicar el objetivo de la misión. En 1870 Bridges fundó la Misión Anglicana en Ushuaia, estableciéndose de forma permanente con su esposa, Mary Ann Varder, y su pequeña hija, Mary, en 1871.

Las tierras que comprenden la Estancia, bautizada con el  nombre del poblado inglés donde había nacido la esposa del reverendo, fueron cedidas por el entonces presidente de la Nación, Julio Argentino Roca, y el Congreso  Nacional, en reconocimiento a los treinta años de trabajo que Bridges  había dedicado a los yámana. Se trataba de un extenso terreno que abarcaba montañas, ríos, turbales, costa marina y hasta una serie de islotes ubicados en el Canal Beagle. 

Animales en la Estancia Harberton
Animales en la Estancia Harberton
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Desembarqué en la Estancia junto a una parte de los pasajeros. Tras el almuerzo, visitamos el Museo Acatushún de Aves y Mamíferos Australes creado por Natalie Goodall para el estudio de la biología de los mamíferos marinos y aves del extremo austral de Sudamérica. La colección contiene esqueletos de más de 2.700 mamíferos marinos y 2.300 aves.

Luego, recorrimos la Reserva Natural de la Estancia, cercada en 1890, para conocer las cinco especies de árboles nativos y de flora local, una réplica de chozas nativas y la historia de la familia. La visita continuó por los antiguos edificios del casco, como el galpón de esquila, la carpintería y la casa de botes, y finalizó en el jardín de la casa principal.

De regreso a Ushuaia, nos detuvimos a mitad de la Ruta J para apreciar los árboles bandera, que deben su nombre a la particular forma de sus ramas, condenadas a orientarse hacia el mismo lado, producto de los fuertes vientos que azotan las tierras del “Fin del mundo”.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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