Trenes y postales en el Parque Nacional Tierra del Fuego

Marcelo me recibió con su hablar pausado, mezcla de portugués y castellano, y una sonrisa pintada en los labios. Le dejé la mochila y me despedí. Caminé por las calles de Ushuaia hasta llegar a la dársena de las combis, donde compré un pasaje ida y vuelta, y a las 10 partí rumbo a la Estación del Tren del Fin del Mundo.

El antiguo tren de los presos

La cárcel y el legendario tren tuvieron un rol protagónico en el crecimiento de la ciudad de Ushuaia. En 1883 el presidente de la Nación, Julio Argentino Roca, presentó un proyecto de ley para crear una colonia penal con la intención de poblar el extremo sur del país que él mismo había despoblado a sangre y fuego. El clima y la ubicación de estas tierras, encerradas entre el mar y la cordillera, hacían de ellas una muy buena opción para establecer una prisión. Sin embargo, el intento de poblar la isla con una colonia penal no prosperó.

Recién en 1895, durante la presidencia de José Evaristo Uriburu, se sancionó la Ley Nacional Nº 3335, la cual establecía que las sentencias de reincidentes debían ser cumplidas en los Territorios Nacionales del Sud. Al año siguiente llegaron los primeros presos que habían aceptado voluntariamente su traslado.

El antiguo tren de los presos comenzó a funcionar en 1903 con rieles de madera y vagonetas tiradas por bueyes de carga. Ante el alto costo de mantenimiento que requería el sistema, denominado xilocarril, y la necesidad de transportar cantidades mayores de materiales, el director de la Cárcel e ingeniero, Catello Muratgia, solicitó a la Nación la implementación de rieles tipo Decauville, con vías de hierro de trocha angosta, y la utilización de locomotoras a vapor. La nueva formación empezó a funcionar a partir de 1910, conducida por una locomotora que los presidiarios bautizaron: “La coqueta”.

Todas las mañanas, excepto los domingos, dos trenes salían desde el presidio en construcción hacia la ladera del Monte Susana. El primero, llamado Boca de vía, iba con 20 presos que tenían como tarea el avance de los rieles montados sobre durmientes de lenga, que se cortaban a medida que avanzaba la obra. Un segundo tren salía unas horas después con 30 guardia cárceles, un grupo de celadores y unos 90 presidiarios. La locomotora arrastraba cinco vagonetas playas. Con sus clásicos uniformes a rayas azules y amarillas, los reclusos viajaban en las tres del medio, mientras que los vigiladores lo hacían en la primera y la última.

La construcción del penal finalizó en el 1920 pero el tren siguió funcionando para abastecer de leña las estufas y suministrar electricidad a la cárcel y al pueblo. Por cuestiones humanitarias, en 1947 el presidente de la Nación, Juan Domingo Perón, ordenó la clausura del presidio y el edificio y el tren pasaron a depender de la Armada Argentina.

A más de 70 años del cierre de la cárcel, el Ferrocarril Austral Fueguino recorre los últimos 7 kilómetros del antiguo trayecto del tren de los presos. Ya no hay detenidos con trajes a rayas ni castigos inhumanos, sino viajeros que llegan desde distintas partes del mundo atraídos por su leyenda.

Vías del “Fin del mundo”

Dieron las 12 y subimos a bordo de la formación conducida por Camila, una clásica locomotora de tracción a vapor construida por la firma Winson Engineering de Inglaterra entre diciembre de 1994 y febrero de 1995. Con un peso aproximado de 7,5 toneladas, su diseño evoca un antiguo modelo utilizado en el ramal del ferrocarril Lynton & Barnstaple de Inglaterra.

La escena de los trenes llegando y partiendo de los andenes entre nubes de humo, acompañada por el sonido de los silbatos y el rugido del viento patagónico, parecía sacada de una película. Mientras distintas voces relataban la historia del tren en español, inglés y portugués, atravesamos el Cañadón del Toro y cruzamos el caudaloso Río Pipo, cuyo nombre recuerda al preso que intentó escapar pero fue hallado muerto unos días después a su orilla, sobre el Puente Quemado.

Nos detuvimos en  la Estación Cascada La Macarena para ascender hasta un mirador y, desde allí, apreciar la fabulosa vista del Valle del Río Pipo y la naciente del salto de agua en la cadena montañosa del Martial. Luego de quince minutos, el silbato de los guardas nos avisó que era momento de regresar al tren para reiniciar nuestra marcha.

La formación entró al Parque Nacional Tierra del Fuego y atravesó el cementerio de árboles. Un dato curioso es que la altura de los tocones, como se denomina a los restos de los árboles cortados, indica la época del año en que fueron talados: los más bajos en verano y los más altos en invierno. A los pocos minutos, ingresamos en el área del bosque subantártico, uno de los pocos que existen en el mundo, y el tren se detuvo en la Estación del Parque Nacional.

Ubicado en el extremo sudoeste de la isla de Tierra del Fuego, sobre la costa del Canal Beagle, el Parque Nacional Tierra del Fuego fue creado a través de la Ley Nº 15.554, sancionada el 30 de septiembre de 1960 y promulgada el 25 de octubre de ese año. Las 68.909 hectáreas que comprende su superficie fueron habitadas por los yámana, que instalaban sus campamentos en las playas para aprovechar los recursos marinos.

Por los senderos del Parque Nacional Tierra del Fuego

Tomé el camino de ripio hasta el inicio de la senda Pampa Alta y en menos de una hora alcancé el mirador del Canal Beagle y del Valle del Río Pipo, donde el viento patagónico me envolvió con su abrazo. Bajé por la senda que empalma con la Ensenada Zarategui, atravesando el camping homónimo, y llega hasta el muelle donde se encuentra la Unidad Postal del Fin del Mundo.

Almorcé sentada en la costa, frente a la Isla Redonda, mientras observaba como el viento hacía ondear las banderas argentinas y mecía las cristalinas aguas del Canal. La vista era alucinante.

Un rato después, inicié el camino por la senda Costera. En el trayecto surgían playas pequeñas y otras más extensas que parecían sacadas de un libro de cuentos. Casi a la mitad del recorrido, el sendero se internó en el bosque y comenzó el ascenso. Tres horas más tarde, salí a la Ruta Nacional N° 3 y caminé bajo la lluvia, que en el bosque era apenas una llovizna ligera, hasta llegar al Centro de visitantes Alakush, donde tomé la combi para regresar a la ciudad.

Parque Nacional Tierra del Fuego.
Parque Nacional Tierra del Fuego.
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Llegué a Cruz del Sur pasadas las 19 pero, si me hubiesen preguntado, hubiera dicho que era mucho más temprano, porque en verano las tardes se estiran hasta “altas horas de la noche”. Después de darme mi mochila, Marcelo me pidió que dejara los borcegos en la recepción y me pusiera ojotas, ya que, salvo en el comedor y la cocina, el piso era alfombrado. Tampoco se podía beber ni comer en los cuartos y la cocina estaba abierta de 8 a 23.

-¿Las duchas…? -había comenzado a preguntar, cuando Alejandro me interrumpió.

-Agua fría las 24 horas -dijo con tono divertido el dueño del hostel.

-¿Como la de los lagos o más fría?- indagué, continuando la broma. Lo cierto es que la ducha resultó deliciosa.

Una vez instalada, comencé a experimentar la parte más social del viaje. Mientras preparaba algo de cenar, un camionero argentino le enseñaba a dos alemanas cómo hacer el repulgue de las empanadas. “Sólo las que son al horno, las fritas las hago yo para que no se abran”, me reveló. Después de comer y lavar mis platos, me senté frente a la recepción. Desde allí contemplé el ir y venir de los huéspedes que entraban y salían de la cocina, escuché la mezcla de idiomas y los estallidos de risas que derrumbaban las barreras del lenguaje, y comprendí que esa calidez también era parte fundamental de mi viaje. Observé el ritmo de Cruz del Sur y me gustó. Me conquistaron sus paredes con frases, mapas, banderas y recuerdos que dejaron viajeros anteriores, la presencia de Kren y la buena predisposición de su gente.

Cuando las empanadas estuvieron listas, todos comimos.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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