Un paraíso al final de la Ruta Nacional N°3

Elegí visitar el Parque Nacional Tierra del Fuego por segundo día consecutivo. Mientras compartía el desayuno -que consistió en pan con manteca, dulce de leche y mermelada, cereales, jugo, café, té y leche- con un grupo de italianos, escribí al número de Transportes Santa Lucía, una empresa de traslados que me recomendó el chofer que me había llevado a la ciudad la tarde anterior. A las 9:50 pasaron a recogerme.

Bajé en el Centro de visitantes Alakush y caminé hacia la derecha, hasta el mirador del Lago Acigami, compartido por Argentina y Chile. A unos pocos metros, un cartel indicaba el inicio de la senda al Hito XXIV y, más adelante, otro señalaba el camino al Cerro Guanaco, cuyo ascenso quedó pendiente para un próximo viaje.

Avancé durante una hora y media por la margen noroeste del lago, bajo una lluvia que le sumó encanto al paisaje y un halo de  misterio a la experiencia. Tras múltiples subidas y bajadas,  llegué al monolito de acero que marca el límite con el país vecino, más conocido como Hito XXIV. Además de la pesada figura de hierro, un pequeño cartel recordaba que está prohibido adentrarse en territorio chileno.

De vuelta al Centro de visitantes, bordeé el Río Lapataia y crucé el puente que lo atraviesa. Ya sin lluvia, realicé el Paseo a la Isla, que recorre el archipiélago Cormoranes y transita por las costas de los ríos Lapataia y Ovando. El paisaje resultó alucinante, al igual que el tamaño y la cantidad de mosquitos.

Continué hacia Laguna Negra, una turbera en formación. Típicas de Tierra del Fuego, las turberas son restos de vegetales acumulados y comprimidos en depresiones del relieve.  Volví a la ruta y caminé hasta el Mirador Lapataia. Luego, tomé la senda a la Castorera, donde se observa el daño causado por esta especie exótica, y, unos minutos después, llegué a Bahía Lapataia.

Un cartel de madera con letras amarillas indicaba el final de la Ruta Nacional N°3 y marcaba los 3079 kilómetros que nos distanciaban de Buenos Aires y los 17.846 que nos separaban de Alaska. Detrás comenzaba la pasarela que conduce a Puerto Arias y resguarda el yacimiento arqueológico del paso de los visitantes. Antes de llegar al final del camino de madera, tomé la senda que se abría a mi derecha y llevaba a la baliza ubicada en el límite de la Reserva Natural Estricta.

El paisaje resultó conmovedor, un verdadero paraíso al final de la Ruta Nacional N°3De repente, las nubes comenzaron a avanzar con mayor rapidez y el viento, que se había relajado, volvió a rugir con fuerza. A medida que me acercaba a la baliza, podía escuchar la lluvia que se aproximaba desde el otro lado de las montañas. Lo interpreté como una señal de que era momento de volver.

La tormenta se desató cuando terminé de recorrer la pasarela de Bahía Lapataia. Entonces, me acerqué a un matrimonio que estaba en auto y les pregunté si podían acercarme al Centro de visitantes. Como ellos también iban para esa zona, me llevaron. En el trayecto me recomendaron lugares para visitar y me advirtieron que tuviera cuidado con las turberas de camino a Laguna Esmeralda.

Me bajé del auto y esperé la combi al reparo de la lluvia, que desapareció al cabo de unos pocos minutos y, al igual que el día anterior, volvió a dar paso a un cielo despejado.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

 
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