Un paraíso por descubrir

Intensa. Esa palabra resume a la perfección mi estadía en los Esteros del Iberá, ubicados en el corazón de Corrientes, donde los días comienzan a la par de los primeros rayos de sol y se extienden hasta la hora en que el cielo se convierte en un manto de estrellas.

Unos minutos habían pasado ya de las 7:30 cuando me encontré con el guía de Iberá Lodge, Jorge, y otro huésped en la terminal de Mercedes, provincia de Corrientes. Había viajado en micro desde Retiro, Ciudad de Buenos Aires, para conocer el segundo humedal más grande del mundo. Por delante nos esperaba un viaje de 70 kilómetros en camioneta hasta llegar a nuestro destino.

A los pocos minutos de pasar el santuario del Gauchito Gil, dejamos atrás la Ruta Nacional 123 para tomar la Ruta 29 y atravesar 60 kilómetros de ripio. A ambos lados del camino surgían chacras de pequeños productores locales, donde en general predominaban el ganado ovino y el bovino. En algunas propiedades pude observar capillas y cementerios familiares, claros vestigios de la cultura guaraní.

Tras el reemplazo de los jesuitas por curas de otras congregaciones para atender los temas espirituales, los aborígenes habían abandonado las misiones y migrado hacia otras tierras. En el caso de Iberá, que en lengua guaraní significa “agua que brilla”, más de 1.700 personas provenientes de Santa Ana y Corpus se establecieron al norte de los Esteros, bajo la protección de las imágenes de los santos que los habían acompañado en el trayecto, las cuales continúan en manos de las mismas familias, resguardadas en las capillas particulares.

Dos kilómetros antes de alcanzar la tranquera del Lodge, la camioneta se adentró en el monte. El paisaje había cambiado de forma abrupta al llegar al sur de la Reserva Natural Iberá.

Leaslie y Verónica me recibieron con los brazos abiertos y me dieron la bienvenida al sur de los Esteros. Durante el desayuno, me introdujeron en la historia reciente de Iberá. El resto de la mañana me dediqué a explorar el Lodge. Después de probar un almuerzo cien por ciento casero, la piscina se presentó como el sitio ideal para disfrutar de la tarde. En Iberá los días comienzan a la par de los primeros rayos de sol y se extienden hasta la hora en que el cielo se convierte en un manto de estrellas. Y la siesta es un ritual sagrado que sirve para escapar de las horas de calor más agobiantes.

Cuando la intensidad del sol comenzó a disminuir, me reuní con Jorge, Leaslie y el otros huésped en el salón de juegos para ver un documental que reforzaba la charla de la mañana y prepararnos para nuestra primera incursión en los Esteros. Jorge tomó la posta y nos guió en una caminata por un sendero que atravesaba el monte, mientras nos enseñaba las diversas especies de plantas. Al final del camino, salimos a una zona abierta, donde pastaban los caballos del Lodge. Entre los matorrales observamos una pequeña corsuela, que no tardó en escabullirse con gracia y agilidad.

Nos acercamos al muelle y bordeamos una parte del canal de 5 kilómetros que sale a los Esteros para apreciar las últimas horas de la tarde. Emprendimos el regreso por otro camino, mucho más estrecho que el primero, y llegamos con las últimas luces del día.

A la mañana siguiente, nos encontramos en el comedor a las 6:15 para tomar un té con pastafrola. Quince minutos después, nos subimos a la camioneta y partimos rumbo a los Esteros. Recorrimos el mismo trayecto que habíamos hecho el día anterior a pie y, a mitad del sendero, encontramos dos pequeños zorros de monte, que se pasearon frente nosotros y luego se escabulleron entre la vegetación.

Después de atravesar el canal de 5 kilómetros, la lancha se abrió camino entre los arroyos naturales, donde encontramos carpinchos, yacarés, aves y ciervos. A medida que avanzábamos, el agua corría con mayor fuerza y el mundo subacuático se abría paso frente a nosotros en todo su esplendor.

El tiempo fluyó como el agua y después de cuatro horas fue momento de volver. Por la tarde, exploramos los alrededores del casco a caballo. Yo monté un macho colorado llamado “Tic”, mientras que el  otro huésped lo hizo en una yegua blanca bautizada “Luna”. Con Jorge a la cabeza, la cabalgata se extendió por el monte, pasando por la pista de aterrizaje, hasta llegar al canal. “¿Quieren nadar?”, nos preguntó Jorge y a mí se me iluminó la mirada del entusiasmo. Acepté de inmediato.

Les enseñamos a los caballos cómo acercarse al muelle para subir con mayor facilidad y, luego, les quitamos las monturas. Montamos a pelo, bajo el sol de Iberá. Mientras “Tic” descendía con cuidado y yo podía sentir cada uno de sus movimientos bajo mi cuerpo, la tensión de cada músculo, el calor de su piel… En un primer momento, el agua me llegó a la cintura  pero, a medida que avanzaba, me alcanzó el pecho. De pronto, nuestros cuerpos se separaron y comencé a flotar, agarrada sólo de las riendas y sus crines oscuras.

La segunda ronda fue mucho mejor. Volví a experimentar la sensación de nuestros cuerpos al separarse y, cuando se incorporó para salir del bañado, la fuerza del agua me empujó hacia atrás, haciéndome resbalar por el lomo. Incliné el pecho, me acerqué al cuello y sujeté sus crines con fuerza. Realizamos una tercera pasada.

El regreso a la estancia fue entre risas, con una sensación maravillosa en el cuerpo. Los tres estábamos completamente empapados. La experiencia de montar a pelo para nadar con caballos bajo el sol de Iberá me quedó grabada en la piel, como una de las más bellas de mi vida.

La mañana del tercer día comenzó con una caminata por el monte, seguida de una segunda excursión lacustre a los Esteros para la práctica de snorkel, una puerta para deleitarse con la riqueza subacuática de Iberá. Al mediodía, los rayos de sol atravesaban la superficie del agua y nos permitían apreciar la flora y fauna.  Bajo la superficie, los camalotes formaban densas paredes que dividían los canales.

Tras un breve almuerzo en un refugio en medio de los Esteros, Leaslie, Verónica y yo volvimos a sumergirnos en los arroyos, mientras Jorge y el otro huésped nos observaban desde la lancha. La noche nos encontró junto al fogón del Lodge, donde Jorge preparó un cordero a la cruz a modo de despedida.

A la mañana del cuarto y último día, Leaslie nos llevó a experimentar el turismo rural de Iberá, de la mano de productores locales. Graciela nos abrió las puertas de su chacra y nos permitió ver cómo es la esquila con tijera y el proceso de mezcla de la lana. Caída la tarde, me despedí de la bella familia de Iberá Lodge. Llevaba conmigo experiencias, sabores y aromas de un destino único, que invita a tomar contacto con la naturaleza durante todo el año.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

También te invitamos a leer NUESTRA GUÍA.

 

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