Un viaje para los sentidos

Un bote vacío flotaba a pocos metros de la costa en el Puerto La Soledad. Su figura bicolor, mitad azul y mitad naranja, se mecía de forma suave, al ritmo de las aguas del Lago Argentino, mientras dos navíos de gran envergadura aguardaban amarrados a un moderno muelle de madera coronado con banderas argentinas.

Junto a un grupo de argentinos, cordobeses y formoseños, brasileños, rusos y belgas, me embarqué en barco más pequeño, bautizado Crucero Leal, para vivir la experiencia Glaciares Gourmet de la mano de Cruceros MarPatag. El personal nos condujo hasta el cálido salón principal con capacidad para 28 personas, equipado con cuatro mesas para seis y una para cuatro. Luego de que el capitán y la tripulación nos dieran la bienvenida a bordo, zarpamos del puerto ubicado a unos 50 kilómetros del centro de El Calafate. Mientras nos adentrábamos en las aguas del Lago Argentino, subí a la cubierta principal y desde allí escuché, primero en español y luego en inglés, el relato del guía.

Atravesamos el paso más estrecho del espejo de agua, con el Cerro Avellaneda –que debe su nombre al  ex Presidente Nicolás Avellaneda– a nuestra izquierda, y nos dirigimos hacia el Canal Upsala por el Brazo Norte del Lago.  A medida que avanzábamos, la presencia de los témpanos era cada vez mayor. Estos grandes bloques de hielo milenario, que por un efecto óptico se veían de color azulado, anunciaban la cercanía del Glaciar Upsala.

De vuelta en el salón principal, una taza de café me ayudó a quitarme el frío. Al rato, la embarcación se detuvo frente a la barrera de témpanos que impide el ingreso al Canal Upsala. Desde allí contemplamos la belleza y magnitud de la gran masa de hielo. En la cubierta de proa, dos tripulantes pescaron un trozo de hielo y lo subieron a bordo.  Sólo algunos nos animamos a tomarlo con las manos desnudas.  Cuando su superficie lisa entró en contacto con mi piel, una ola de frío me atravesó el cuerpo. Lo retuve un instante y lo pasé. El trozo de hielo cambió de mano hasta que llegó la hora del almuerzo.

Compartí la mesa con una familia de Córdoba. Nos sirvieron la entrada, que consistió en empanadas de carne con salsa criolla para acompañar.  Luego, degustamos un plato gourmet a base de salmón rosado. Entre bocado y bocado, el crucero tomó el Canal Spegazzini y llegó al glaciar homónimo. Pequeños hilos de plata se deslizaban por las laderas de la montaña hasta sumergirse en las profundidades del Lago Argentino, cuyo color lechoso resaltaba gracias a la presencia del sol.

El acercamiento al Glaciar Spegazzini fue conmovedor, a punto tal que algunos pasajeros alzaron sus copas para brindar por su hermosura. La pureza de la imponente masa de hielo contrastaba con la oscuridad de las rocas en una postal de singular belleza.

La embarcación se alejó del magnificó glaciar, mientras degustábamos un  exquisito guiso de cordero, la estrella indiscutida del menú. Pero esta fiesta para el paladar aún no concluía. Antes de desembarcar en el Puesto de las Vacas, saboreamos una mousse de frutos rojos y dulce de leche, acompañada con frambuesas bañadas en chocolate.

En la costa nos recibieron un viejo cartel caído y un cráneo de vaca, al estilo Indiana Jones. Caminamos por la costa y dejamos atrás los restos de un viejo muelle y cascadas encantadas para llegar al refugio del guarda parques. El color rojizo de la construcción contrastaba con el turquesa lechoso del lago y el verde intenso del pasto.

El sitio parecía detenido en el tiempo. En gran parte, esto se debía a la arboleda añosa y los troncos caídos. Era un paraíso donde los árboles nuevos no logran despuntar del suelo, por la presencia de vacas y caballos salvajes que arrasan con ellos. El pequeño trekking continuó hasta un tronco caído en la playa, un punto panorámico ideal para tomar fotografías. De regreso en el barco, alzamos nuestras copas de champagne y brindamos por ese viaje para los sentidos.

Las nubes dejaron paso al sol y éste nos acompañó durante todo el trayecto de retorno. En la cubierta superior, el viento era sólo una brisa ligera que me besaba la frente. Mientras disfrutaba del paisaje, intercambié historias de antiguas aventuras con algunos viajeros Al cabo de dos horas y media de navegación, volvimos a tocar puerto en La Soledad.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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