Una vuelta por Playa Larga

Mi estadía en Ushuaia comenzaba a llegar a su fin. Tenía un pasaje de avión para el día siguiente con destino a El Calafate que había sacado a principios de diciembre, aunque mi verdadero destino en Santa Cruz era El Chaltén.  Si bien mi idea era continuar subiendo, una parte de mí se sentía en casa.

Esa mañana no hice planes de trekking ni excursiones. Dejé el mapa de lado y disfruté de la calidez de Cruz del Sur. Escribí, tomé mate y acaricié a Kren, cuya presencia me recordó lo mucho que extrañaba vivir con animales. Relajarse también forma parte de la experiencia de viajar.

Con Roy y Yaniv bromeamos sobre el alivio que sentiríamos esa noche al dormir, porque acababa de marcharse uno de nuestros compañeros de cuarto que roncaba estrepitosamente. El flujo de personas era impresionante, pues la mayoría solía quedarse entre una y tres noches, y eso hacía que la convivencia resultara aún más enriquecedora.

A las 16 ya era tarde para ir a la montaña, así que le propuse a Belén e Inés, las chicas de Córdoba, ir a Playa Larga. Al rato se sumó Martín, otro de los huéspedes. Cargamos el mate, la cámara de fotos y bajamos a la parada de colectivos. Tomamos la línea A hasta la zona industrial y seguimos el camino que bordea la costa del Canal Beagle hasta el primer acceso peatonal, desde donde observamos el centro de Ushuaia. El día anterior había nevado en las montañas, por lo que los picos estaban más blancos y eso relataba su belleza.

Caminamos por la playa, tomamos mate e hicimos una puesta en común sobre nuestros próximos destinos. Todos pensábamos continuar el ascenso, aunque por caminos diferentes.

De regreso, nos alcanzaron hasta el centro. Así fue que Inés y yo terminamos viajando en el asiento trasero de un auto con una cachorra dogo besándonos las caras. Después de una ducha, comencé a organizar mis cosas.

Esa noche conocí a Gerardo y Celeste, un matrimonio rosarino que salió a recorrer el mundo y en el camino se enamoró de Ushuaia. Entendí a la perfección la atracción que esta ciudad ejercía sobre ellos, porque me había ocurrido algo similar. El “Fin del mundo” parecía ser el lugar ideal para quienes comenzábamos a escribir una nueva historia.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

 
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