Ushuaia: Fin del mundo, principio de todo

No recuerdo cuándo fue que la idea se instaló en mi mente, sólo sé que tomó fuerza con el correr del tiempo y un día saqué el pasaje a Ushuaia con la intención de pasar Año Nuevo en el “Fin del mundo”. Una vez que tuve el billete de avión para el 26 de diciembre, el sueño comenzó a adquirir un tinte más metafórico.

Sentía que era el momento de hacer ese viaje. Era el cierre que quería darle a una etapa que había comenzado dos años y medio antes, cuando conocí lo que es tocar fondo y resurgir por tus propios medios.

Mi plan era llegar al “Fin del mundo” y empezar a subir, sin saber hasta cuándo ni dónde. Mi único límite era la fecha en que debía volver a trabajar.  Como me dijo un amigo: “Cuando llegás al fondo, no te queda otra que subir”. Eso era exactamente lo que pretendía hacer.

Muchas personas quisieron saber si tenía familia en Ushuaia. Al decirles que no, parecía que no podían evitar indagar: “¿Te vas sola?”. Esa pregunta se convirtió en un clásico, al igual que mi respuesta: “Sí, pero no voy a estar sola”. Intentaba explicarles que en los viajes uno está solo cuando así lo desea pero no creo que todos lo comprendieran.

Desde el principio, me propuse realizar un viaje mucho más social. Por primera vez, decidí quedarme en hostels y no en hoteles. Así fue como cambié la valija por la mochila y, por las dudas, cargué una carpa y una bolsa de dormir prestadas. Estaba abierta a vivir nuevas experiencias.

Texto y fotos de Gabriela Naso.

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